comunicaciona1

“Solo para ochenteros”, libro de cuentos de Carlos Daniel Figueroa

 

15841521_1366180986747195_386890514_n

La tradición literaria en el Perú ha tenido en el realismo, durante décadas, un enorme y rico caldo de cultivo para la creación. Razones sobran, dada la convulsa vida social y política por la que han atravesado sus generaciones desde la instauración de la República y su siempre agonizante vida democrática. Golpes de Estado, retornos a la democracia, caudillos e ideologías de izquierda que vieron en la Revolución Cubana un modelo para intentar tomar el poder y cambiar el orden instaurando un socialismo, llevaron a varios grupos a levantarse en armas en toda América Latina para intentar la revolución. El Perú no fue ajeno a ello, y el costo social que representaron Sendero Luminoso y el MRTA con su accionar terrorista en todo el país, ha sido uno de los más altos de todos los tiempos.

 

Es inevitable, entonces, al hablar de realismo, la referencia a una de las generaciones más importantes que ha tenido el país, la del 50, con plumas del calibre de Vargas Llosa, Gutiérrez o Reynoso y Ribeyro, sólo por mencionar un par de nombres destacados dentro del género de la novela y del cuento, respectivamente. Al respecto, el cuento en el Perú ha gozado hasta hace unas décadas de un prestigio importante y destacado, prestigio que ha ido decayendo los últimos años debido a un tema comercial, que básicamente parte de los requerimientos editoriales de las grandes empresas editoriales extranjeras. Pero este panorama no ha disminuido la presencia de escritores que continúan cultivando el género breve –el género más difícil, además, dados los requerimientos de técnica y estructura que se necesitan para conseguir, en la brevedad, aquella contundencia y efecto que Cortázar describió tan bien haciendo un símil con el box: ganarle al lector por Knock Out– sino que se ha convertido en un paso inicial para tentar luego, quizá, el de largo aliento: la novela.

 

El cuento, además, ha servido para poder retratar literariamente pasajes importantes de los acontecimientos históricos del país, baste mencionar ―En el vientre de la noche, de José De Piérola, Premio Max Aub de comienzos de este siglo, donde retrata con maestría el drama y la tensión que viven un terrorista que cava su tumba y el soldado que lo vigila, mientras ambos conversan y reflexionan sobre lo que va a ocurrir. Así, la ficción se convierte también en un espejo que refleja las múltiples aristas de una sociedad, en este caso la peruana, cuya complejidad es una suma de contrastes salvajes que se han venido consolidando, lamentablemente, a lo largo de décadas, y que continúa marcando las enormes diferencias sociales y de percepción del otro que tienen las personas respecto de sus pares de otras regiones. Hablar de este tema es entrar, también, en un debate que no es nuevo, ese ―agudizar las contradicciones‖ que utilizaron grupos subversivos como estrategia para aviva la sangrienta revolución que vivió el Perú durante más de veinte años.

 

La presencia y accionar de estos grupos subversivos en todo el país, alteró la forma de la vida de las personas. El miedo ciudadano por un lado, y la convicción política y el posterior compromiso de quienes abrazaron estas ideologías, se instalaron en todo nivel: centros de estudios como las universidades nacionales y privadas sirvieron para desarrollar debates que, en muchos casos, pasaron a la acción. Y ante esta acción, la represión y el ejercicio del poder político, policial y militar no se hicieron esperar. El resultado lo conocemos quienes vivimos aquella época, y uno de ellos es Carlos Figueroa, autor de esta colección titulada ―Solo para ochenteros‖, título en apariencia excluyente por remitirse a una generación que vivió aquellos tensos años, pero abierto también a los lectores que descubrirán en sus páginas, estampas de un sociedad aparentemente diferente (ya no hay terrorismo, al menos como entonces, pero hemos reemplazado esa violencia por otro tipo de violencia tal vez más peligrosa: la ampliación de la fractura social que ningún gobierno ha conseguido solucionar), y cuyas historias se desarrollan en espacios citadinos donde el miedo, la persecución, los toques de queda, la vida política y el activismo, afectan la amistad o el amor, marcándolos con ese surco que se forma cuando la vida se vive, o se intenta vivir como en el caso de algunos personajes que desfilan en estas páginas, a plenitud, acertada o equivocadamente.

 

Carlos Figueroa nos entrega así, con ―Sólo para ochenteros‖, un puñado de cuentos que nos trasladan a un tiempo no tan lejano, de manera vívida, y a espacios que si bien ahora no existen físicamente o han cambiado, son fácilmente reconocibles; pero estas historias, además, viven en la memoria como una posibilidad permanente de retorno en los tiempos que vivimos (tal vez sea que el miedo no se ha superado sino que se ha escondido en nosotros y asoma cada cierto tiempo). Cada uno de los cuentos, entonces, funciona como una ventana a espacios donde nuestra historia reciente ha dejado su marca.

 

El solitario, por ejemplo, nos muestra los mecanismos de seguimiento que realizaba la policía de investigaciones a quienes eran sindicados como militantes de izquierda en los predios universitarios. El secuestro y el terror que viven los jóvenes amigos, es algo que sorprende por la fuerza de las imágenes y la forma en que son extraídos de un lugar de luz para ser sometidos a la oscuridad. La herradura nos muestra el otro lado de la violencia, el de la pandilla adolescente conocida como ―pirañas y que altera la vida de un par de amigos que van a pasar un buen momento a una de las playas más tradicionales de Lima. El encargo es, quizá, uno de los textos más inquietantes del conjunto, pues logra una acertada atmósfera que introduce al lector a la iniciación del personaje. El asesor es una estupenda estampa de cómo se maneja la corrupción en las instituciones del Estado, y cómo esta va envileciendo a cada uno de sus miembros. Malicia nos muestra el lado más salvaje de la adolescencia: el violento y urgente despertar al prohibido y mitificado mundo del sexo a través del cine porno y los avatares por conseguirlo. El cuento, por su parte, nos sumerge en las angustias del escritor nuevo que anhela, cómo no, el justo reconocimiento al trabajo creativo, no libre por cierto de un elemento que a muchos les es esquivo: la suerte.

 

―Solo para ochenteros‖ es, en suma, una oportunidad para que, dentro de la ficción, el lector realice un necesario ejercicio de memoria; pero es además la estupenda carta de presentación de un escritor lleno de historias y buen pulso, del que esperamos ya, nuevas entregas.

About the Author

Alejandro Llerena
Alejandro Llerena Ibáñez. Economista de la PUCP y especialista en comunicación corporativa en ESAN realizó los cursos de especialización en Gerencia de Imagen Corporativa y Marketing. Past editor de principales diarios de Economía & Finanzas, y ejecutivo encargado de instituciones públicas y privadas en las áreas de Imagen Institucional. Experiencia mayor a los 20 años en periodismo y comunicaciones corporativas. Posee una efectiva utilización de las relaciones públicas y de la prensa escrita, radial y televisiva, dirigido hacia un expectante posicionamiento de una institución, empresa o personaje público. Orientación hacia el logro de objetivos y competencia permanente.

Be the first to comment on "“Solo para ochenteros”, libro de cuentos de Carlos Daniel Figueroa"

Leave a comment

Your email address will not be published.


*