Desde hace semanas, miles de jóvenes en Lima y otras ciudades se han levantado contra la reforma de pensiones, la corrupción, la inseguridad y la sensación de abandono estatal. La “Generación Z” ha resonado fuerte: banderas piratas de One Piece, marchas espontáneas, símbolos digitales… todo conforma una protesta emocional, llena de impulso y rabia colectiva.
Pero no todo lo que sube se mantiene. Hay señales de que el movimiento empieza a mostrar grietas que podrían debilitarlo:
- Desgaste ante la represión policial y los costos materiales
Las marchas han sido respondidas con un despliegue enorme de fuerzas de seguridad —5 mil policías en Lima, uso de gases lacrimógenos, perdigones, daños al patrimonio público y privado.
Es difícil sostener movilizaciones cuando los riesgos personales (heridas, arrestos) y los costos urbanos (bloqueos, daños, molestias) aumentan día tras día. - Falta de demandas claras y liderazgo consolidado
Muchos jóvenes que protestan no se alinean con partidos ni con ideologías tradicionales, lo cual les da autonomía, pero también dificulta articular propuestas concretas de gobernabilidad o sembrar una agenda que todas las protestas puedan respaldar.
Además, sin liderazgo claro, se abre espacio para la fragmentación, la desinformación o incluso la cooptación política que puede generar desconfianza interna. - Escalonamiento de las expectativas y presiones de la ciudadanía
La “Generación Z” ha empezado con reclamos específicos, como la reforma de pensiones. Pero cuando los emergentes no se solucionan rápido, o las respuestas del gobierno son mediadas o incompletas, crece la frustración.
Si la población espera cambios radicales o inmediatos, la lentitud del mecanismo institucional puede calmar el ímpetu, dispersar el respaldo popular o enfriar la movilización. - Desconfianza generalizada hacia las instituciones y el sistema político
Encuestas recientes muestran que solo una minoría confía en los políticos, cree que su voto puede cambiar algo, o se siente identificado con el país.
Esa desafección puede impulsar protestas, pero también puede generar cinismo: si se percibe que todo siempre fallará, mucha gente prefiere retirarse de la política activa (incluso de la protesta) en vez de seguir agotándose. - Ruido mediático, violencia simbólica y efecto sobre el apoyo popular
Las noticias hablan de incendios, disturbios, daños a edificios, agresiones policiales. Algunos ciudadanos solidarios al principio pueden alejarse si la percepción que se difunde es más de caos que de justicia.
Además, la violencia en la protesta —propia o ajena— puede dar pie a deslegitimaciones, polarización y sanciones sociales/legalidad que limiten la movilización. - El calendario electoral como punto de inflexión
Con elecciones a la vista (2026), varios actores políticos intentarán captar a la Generación Z. Eso puede generar alianzas incómodas, promesas incumplidas o manipulaciones que reduzcan la independencia y autenticidad del movimiento.
También, algunos manifestantes podrían decidir canalizar su activismo a través del voto en vez de la protesta callejera, lo que tiende a disminuir las movilizaciones de alto costo social.
En resumen, el movimiento juvenil tiene fuerza, creatividad y energía. Pero para no desinflarse, necesita transformarse: institucionalizar sus demandas con claridad, evitar que el desgaste físico y moral lo debilite, asegurar legitimidad frente a los ciudadanos, y mantener su autonomía frente a partidos. Si no, su fuego podría apagarse antes de alcanzar cambios duraderos.
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